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10
julio
2019

Ricardo Santillán Güemes. Pérdida inconmensurable

El 7 de julio murió Ricardo Santillán Güemes. Antropólogo, investigador, fue –sigue siendo– un pensador original: construyó conceptos claves desde su experiencia vital en la elaboración y gestión de políticas culturales, que lo convierten un referente fundamental en estas áreas. Sus textos son bibliografía obligatoria en nuestra Licenciatura en Gestión Cultural y en otros espacios académicos. En UNDAV, impartió seminarios, dio conferencias y fue docente en las Diplomaturas en Gestión y Políticas Culturales realizada en el Museo Evita y Cultura, Territorio y Gestión en Cañuelas.

A continuación una semblanza personal del Director de la Licenciatura en Gestión Cultura, Mg Héctor Ariel Olmos, con quien trabajó a lo largo de casi cuarenta años.

Parafraseando a Antonio Machado, podría decir que con Ricardo Santillán Güemes hemos andado muchos caminos y abierto nuevas veredas en el campo de la gestión y la reflexión sobre la cultura, arrancando de una definición que acuñó con otros antropólogos  hace casi medio siglo y que sigue siendo llamativamente operativa: el cultivo de una forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad a partir de su particular manera de resolver –desde lo físico, emocional y mental- las relaciones que mantiene con la naturaleza, consigo misma, con otras comunidades y con lo que considera sagrado, con el propósito de dar continuidad y sentido a la totalidad de su existencia.

Noción que seguimos trabajando en cátedras y foros donde nos toca participar porque funciona tanto para la academia como para la gestión: creemos firmemente que otro gallo nos cantaría si las políticas culturales se articularan a partir de esta idea.

Sería muy largo describir su trayectoria. Por eso me referiré a algunos aspectos que compartimos a lo largo de casi cuatro décadas. Nos reunió Hugo Caruso en la Universidad de Belgrano para organizar las Primeras Jornadas sobre las Culturas Regionales Argentinas, en plena dictadura militar, a comienzos de los 80. Desde entonces potenciamos nuestro compromiso insobornable con las culturas y las luchas populares e iniciamos un recorrido que concluyó el 7 de julio, en quizás el peor invierno argentino en lo que va del siglo XXI.

Cursos, seminarios, talleres, capacitaciones, nos llevaron por toda la geografía nacional, México, Brasil… Gestionamos políticas culturales en la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. Escribimos varios libros en forma conjunta Educar en Cultura: Ensayos para una acción integrada, Culturar: las formas del desarrollo, El gestor cultural. Ideas y experiencias para su capacitación; Capacitar en Cultura.

Pero, sobre todo, conformamos un dúo casi perfecto, complementando conocimientos, estilos docentes, sentido del humor. A punto tal que, a menudo, se confundían y/o intercambiaban nuestros nombres. En una larga entrevista que nos hicieron para la radio de la Universidad de Cuyo llegamos a autobautizarnos Fresco y Batata, como símbolo de esa complementación… y el hecho de ser capaces de reírnos de nosotros mismos apelando a las referencias populares… Nos divertíamos mucho trabajando juntos, tomándonos el pelo, bromeando, aplicando la máxima jauretcheana de que “nada importante se puede conseguir con la tristeza”.

Y en esto entraron también nuestros afectos. Fue mi testigo de casamiento. Hemos viajado, celebrado fiestas, encuentros, ritos, con Graciela y Patricia, nuestras mujeres: corpachamos en Humahuaca en ocasión de los últimos Tantanakuy, en Calilegua… Disfrutamos la alegría de cada uno con los logros de sus cuatro hijos y mis dos hijas.

Es autor de libros fundamentales para la reflexión: Cultura creación del pueblo Imaginario del Diablo. Asimismo, fue co-creador y co-director de la Revista Cultura Casa del Hombre y Ediciones del Jaguar y la Máquina. Fue, sin duda, el mejor Director que tuvo la Escuela Metropolitana Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires, innovador con Antropología Cultural en el Conservatorio Nacional –donde creamos la cátedra  Formación etnodramática–.

Amante de la música –casi un melómano– supo animar guitarreadas cantando con su voz áspera ritmos folklóricos, algunos propios dotados de humor y poesía.

De su intensa carrera docente dan testimonio las muestras de cariño y dolor que expresan en estos días quienes transitaron aulas con él.

Estaba en fecunda actividad con sus clases, planeábamos acciones para mejorar las políticas culturales, estaba lleno de proyectos, escribiendo, a punto de publicar… Se fue pleno.

Seguirá en sus textos –desde hace tiempo bibliografía ineludible–, en sus discípulos, en los estudiantes que vendrán. Pero el hueco que (nos) deja es inconmensurable.

Héctor Ariel Olmos

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