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10
octubre
2019

Palabras de Patricia Zangaro en el homenaje a Griselda Gambaro

Hace unos años, en el marco de unas jornadas de intercambio universitario, Griselda dio una charla pública que cerró diciendo: “El mundo está allí, para ser escrito”. Esas palabras me interpelaron profundamente. Tal vez describan, con sencilla precisión, cuál es el modo de “estar en el mundo” de quien consagra su vida a la escritura. Seguramente explican la voraz tenacidad con la que Griselda ha cultivado la novela y el cuento, el teatro y el ensayo breve, la literatura infantil y… por qué no… también la pornográfica. El mundo se abre a sus sentidos para transformarse en lenguaje, esa construcción que inventó la humanidad para comprender el misterio de la existencia y compartir lo revelado. Griselda ha escrito durante toda su larga vida con la misma devoción con la que cuida su jardín, su familia, sus amigos y sus animales… a los que les dedicó uno de los bestiarios más bellos que haya dado la literatura. Su palabra, no por incisiva menos piadosa, pone al desnudo la fragilidad de la condición humana. Y sus criaturas habitan con sorpresa, cuando no con horror o desencanto, un universo hostil  e indescifrable.

Cuando irrumpió en la escena porteña, en 1965, con El desatino, la crítica, desorientada ante esa creación tan audaz como inclasificable, se apuró a incluirla en la serie del absurdo europeo, que apareaba a dramaturgos tan diversos como Ionesco y Beckett. Pero Griselda nunca reconoció esa filiación, y prefirió rastrear el origen de su teatro en nuestro Armando Discépolo. Esquiva a las etiquetas, prefiguró en obras como El campo, estrenada en 1968, el centro de detención, tortura y exterminio en el que años después la dictadura más sangrienta de nuestra historia convertiría al país entero. En 1977, su novela Ganarse la muerte fue prohibida por considerarla “altamente destructiva de los valores” de la moral y la familia, y Griselda debió exiliarse en Europa. Regresó con una obra implacable, La malasangre, estrenada en el Teatro Olimpia en 1982, con otro actor que volvía temerariamente del exilio, Lautaro Murúa. Como en una mesa de vivisección, Griselda examina los mecanismos del autoritarismo y la violencia de los poderosos. Su palabra incomoda, sacude, horada los cimientos de la opresión. Nadie como ella ha sabido explorar el complejo vínculo entre el victimario y su víctima. Nadie como ella ha logrado darle voz – como alguna vez dijera David Viñas de Discépolo – al sufrimiento callado de los sojuzgados. El compromiso social de Griselda Gambaro atraviesa toda su obra. Su grito inacabado contra las injusticias del mundo resuena en cada una de sus páginas. Parafraseando a Ricardo Piglia, para Griselda “lo social está en el lenguaje”.

Su escritura subvierte lo genérico: la narrativa puede ser origen o destino del teatro, lo poético se escurre en un verso cardinal  o en un refrán marchito, según quiera alumbrar un pensamiento o  poner en evidencia la vacuidad de un discurso. La palabra de Griselda es siempre performática: hace, y como en el conjuro, nombra algo y algo es. Muchos de sus títulos  reinventan la sabiduría inaugural del proverbio, ese dicho popular que repetimos para explicarnos las contingencias de la vida: Una felicidad con menos pena, Dios no nos quiere contentos, Sucede lo que pasa, Penas sin importancia, Es necesario entender un poco, Lo mejor que se tiene…

Precursora de varias generaciones de dramaturgas, puso en cuestión el estatuto patriarcal del teatro argentino al “hablar el silencio de nuestras heridas”, como hubiera dicho Alejandra Pizarnik. Desvió la luz hacia el rincón oscuro que las velaba, y pobló la escena de  mujeres: niñas, viejas, madres, hijas, esposas, amantes,  muchachas oprimidas, o rebeldes,  ciegas, o proféticas, resignadas, e indómitas. Griselda escribe y ensancha la percepción del mundo. Cada una de sus obras es también un campo de experimentación. Muchas de las rupturas contemporáneas abrevan en su prosa. Irremediablemente moderna, su originalidad en las formas permite concebir nuevas configuraciones de la realidad. Es en ese gesto, radical e insumiso, donde anida la potencia transformadora y la vigencia brutal de su literatura.

En una época en la que la codicia del capital y la avidez del consumo no parecen augurar otro horizonte que el de un planeta devastado y poblaciones enteras condenadas al despojo y la marginación, la obra de Griselda está allí para recordarnos, pertinaz y valiente, que otra realidad es posible.

Patricia Zangaro

8 de octubre de 2019

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