En pandemia. Declaración de las y los docentes del Departamento de Humanidades y Artes


Declaración de las y los docentes del Departamento de Humanidades y Artes
de la Universidad Nacional de Avellaneda

En pandemia

En la noche que pareciera eterna,
un momento de luz se hace universo…

Estamos ante la peste, un terror histórico hoy resucitado. Necesidad entonces de generar respuestas en comunidad desde la pasión y la reflexión, desde el pensamiento científico y desde el arte, desde el trabajo y la conciencia, desde la realidad y los sueños, desde el amoroso cuidado de la existencia, desde nuestros vínculos con todo lo que está vivo, desde la potencia creadora que hace más armoniosa y bella la vida.

Estamos en el medio de una conmoción pública por la pandemia desatada. No la negamos, no la subestimamos, nos mueve y nos conmueve, nos sentimos integrados en el aquí y ahora. Sin embargo, tampoco queremos ser parte de quienes pervierten la esencia de esta tragedia con fines de cercenar la consciencia crítica frente a la realidad en su conjunto, injusta, cruel, donde los poderosos históricos devoran a los débiles como si cumplieran con un maldito mandato bíblico.

Seamos claros, esta pandemia que trae la muerte por medio de un virus, también aumenta la muerte que históricamente provoca la forma impuesta desde hace siglos y siglos por el Poder para organizar la reproducción material de la existencia con fines que tienen palabras simples: acumulación de la riqueza en cada vez menos manos, toma de decisiones que hacen a la vida en su totalidad y a cada uno de nosotros en particular, en esas mismas pocas manos que acumulan la riqueza.
Podemos decir lo que está pasando con otras palabras igualmente simples: la pandemia desnuda y acentúa los efectos de la explotación económica, la marginación social y cultural que destruye el cuerpo y el alma de la mayor parte de la humanidad, en especial sus niños.

Hay una pandemia de virus Corona y hay una pandemia más general que ese virus potencia. Allí está el hambre, como crimen, y allí están sus responsables destruyendo con el mismo fin de riqueza sin fin a la naturaleza (con agrotóxicos en la tierra, con cianuro en el agua para obtener el oro, convirtiendo el aire en veneno…). Matan con armas, matan organizando formas de vida ciudadana basadas en la cultura de la muerte, matan con el trabajo alienante y esclavo, matan provocando el miedo, encerrando nuestras vidas en cárceles y manicomios, en asilos y geriátricos infames, en campos de refugiados, en calles convertidas en el último refugio, animalizando lo poco que queda de la dignidad humana, hasta transformar en enemigo a ese otro ser humano que es nuestro hermano, que es el sentido profundo de nuestras vidas. No nos olvidamos que hay que cuidarse de la actual pandemia, pero ayer, hoy y mañana, terminada la pandemia, habrá que seguir cuidándose del capitalismo, (en su actual fase, más perversa todavía, del neoliberalismo) que intentará actuar de forma desenfrenada y feroz para salir de esta crítica crisis económica, más aún, civilizatoria, que la propia naturaleza del capitalismo ha desatado y que la pandemia desnuda en sus crueles efectos sociales y culturales, por más que algunos protagonistas desde el propio capitalismo, desde sus instituciones más representativas, desde sus medios de comunicación y desde muchos de sus intelectuales y científicos que trabajan para ellos, traten de ocultar, amparándose incluso en el lenguaje.

Es tarea de la hora abandonar la naturalización de la crueldad como organizadora de la sociedad, rechazar la espectacularización del sufrimiento, abandonar el dogma del pragmatismo,

Tal vez esta pandemia tenga un rasgo positivo, la posibilidad de ver en una pantalla gigante, que es parte de nuestra cotidianidad y como tal se recibe con naturalidad y ya sin recelos, lo terrible que es para la vida nuestra actual forma de vida.

Hay monstruos que son la marca de fuego de estos tiempos en que vivimos, que están ganando dinero con esta pandemia. Hablamos en especial de los grandes bancos y financieras, de esos laboratorios transnacionales que junto con los fabricantes de armas son dos de las bocas que más se satisfacen con carne y sangre humana. Debemos discutir la apropiación/propiedad del conocimiento, sobre todo cuando está en juego la vida humana. La discusión sobre la liberación de las patentes es clave en estos momentos y abre una reflexión hacia el futuro.

En el cuidado de la vida de todo lo que está vivo, también es necesario ejercer la legítima sospecha ante las acciones que se ejercen en nuestro nombre, o más todavía en nombre de la humanidad, sin la participación activa de quienes se pretende representar.

La Universidad debe recuperar el espacio del pensamiento y su lugar como tal en la sociedad. No puede resumirse el mensaje de la universidad a una postura sobre las ventajas y desventajas de la virtualidad y la presencialidad. Eso no es lo central que nos está sucediendo.

En nuestras instituciones aparece una prevalencia de las nociones y aplicaciones de la ciencia, pero es la vida académica, la que compartimos docentes, graduados/as, estudiantes y el conjunto de trabajadores/as de la educación, quienes estamos soportando este tránsito y esta adecuación de nuestro sistema al momento que vivimos. Imaginamos que no podemos volver al mismo mundo que teníamos, deberíamos poder volver a un mundo donde generar conceptos más humanísticos. No podemos terminar este proceso con el mismo mundo o uno aún peor.

Del laberinto siniestro donde nos encierra hoy la peste, con la muerte convertida en el discurso público que ahoga nuestra cotidianidad a costa del olvido y la renuncia a los grandes sueños, que legitiman y dan sentido a nuestras vidas, sólo se sale por arriba: confiar en lo que sentimos sin entregarnos a la tristeza ni a la angustia, porque deprimidos nos aplastan. Intervenir desde el bien común y el buen vivir, desde los actos concretos que dan a luz los vínculos amorosos, desde el ejercicio de la conciencia crítica, desde la práctica armoniosa de nuestras pasiones y desde el uso y no el abuso de cualquier propiedad, de cualquier bien, de cualquier derecho que someta al sufrimiento a otro ser humano, cualquiera sea la excusa o artificio, cualquiera sea la legalidad con que se pretenda desplazar la legitimidad humanística del bien común.

Declaración elaborada en el marco de las V Jornadas de Reflexión Docente del Departamento a partir de un texto de nuestro compañero Vicente Zito Lema.
Avellaneda, abril 2021.